domingo, 21 de julio de 2013

Perspectiva

El sol ha brillado todo el día y tu piel está quemada por el sol. Quemada por el sol y los excesos. De repente descubriste un julio en pleno enero. Milagrosamente, en vacaciones de Navidad has  cogido tu camiseta de Audrey Hepburn de manga corta y hace un tiempo increíble para vestirla. Os levantáis a las diez y media, consigues que se levante, sonriendo. Una brisa que entra por la ventana os sorprende y te preguntas si te ha explotado ya el corazón. Vais a la playa, llena de roquitas. Le miras a él y por un momento te sientes en casa. Por un momento.  Piensas pasar el mejor día de tu vida, por ti y por él. Decidiste sorprenderle, en un viaje relámpago, volviendo a casa por Navidad, como el turrón. Piensas en que no tienes ni idea de lo que os deparará el año. Nada puede ser peor que noviembre. No pisas los quintos hasta meses más tarde, cuando casi has acabado exámenes y te ronda la cabeza la idea de quizás ya no le necesitas, sin saberlo. Esa mañana de enero te mira como perdonándote la vida. La noche anterior la almohada sabía a sal mientras te tragabas todas tus lágrimas. Piensas que seguirás magullada el resto de tu vida por su culpa. Y silenciosamente esperas para vengarte. Porque ni siquiera alcanza a conocer lo que te ha hecho.

No conoce el tacto del tapiz del tren, o del autobús cuando dejas a alguien atrás, solo el de la cama, cuando tienes cogido a alguien por sus arrestos, y lo llamas “amor”.

miércoles, 17 de julio de 2013

Dos

Ve cómo se va alejando tras la puerta. Su olor es el de la crema que se pone después del afeitado. Se ha duchado, se ha peinado un poco. Su camisa blanca de las fiestas se le acopla al cuerpo como un guante, perfecta. Se ha puesto sus mejores vaqueros y se ha embetunado los zapatos. Dice que va a la agencia, a ver si le ha salido algo, pero que después tiene que pasar por un sitio. Se desliza con fuerza, arrastrando los pies, llevando el compás a la máxima perfección. Va como deslizándose, entonando suavemente un aria divina. Se ha puesto su americana y sus gemelos. El aire parece moverse a su alrededor, como en una danza de siete velos.  Su hija lo observa desde el otro lado de la habitación, embelesada. Hace tanto que no baila, ni se mueve. Pensaba que se había quedado cristalizado en la silla del escritorio. Su hija creía que se quedaría sentado para siempre. Su padre veía el tiempo pasar a través de sus gafas metálicas y cristales impolutos. Últimamente no hablaba mucho, se hallaba sumido en sus pensamientos. Se había transfomado en una estatua arcillosa y siempre a punto de deshacerse. El brillo de sus ojos se apagaba de a poquitos y solo quedaban unas pupilas grises y aceradas, autistas a cualquier emoción externa. Se había encerrado en sí mismo. En un lugar seguro donde los dramas adolescentes, femeninos e infantiles no llegaban. Es más, llegaban en molestas interferencias, siempre pueriles. En ese momento se levantaba y con un solo dedo pulía cualquier razonamiento entretejido en su casa. Tratando de imponer su cerrazón deshacía las paredes húmedas de la casa. La blancura de la casa se caía a pedazos con cada imposición. Un bovarismo infame se alzaba con cada arranque de su vanidad. Se dedicaba a callejear, a ver observar hasta el último adoquín de la calle y lisonjearlo.  Su vida era él mismo y sus necesidades. Se alzaba a media mañana como un gigante, un león enjaulado con toda su libertad y sin saber muy bien qué hacer con ella. Llevaba años acomodado en una cómoda rutina que le liberaba y le pesaba a partes iguales. Tanto tiempo debatiéndose entre el deber y la moral, la vida y el trabajo habían cristalizado en una desorientación profunda, llena de desvelos acompañados de la televisión de la madrugada. Pero lo que la noche no podía esconder era su incapacidad de comunicación y la profunda soledad que sentía, a esas alturas de su vida.


domingo, 16 de junio de 2013

La titi fantasma

El frío se apodera del ático continuamente. He oído lamentos procedentes de la araña del techo. Mi Héctor dice que son de Cassandra. Ya lo abandonó una vez, no sé por qué demonios querría volver. Bueno, se quedó con sus acrílicos. Y eso lo se porque no para de hablar de ella. Cada anécdota que le cuento o cada comentario viene acompañado de un divertidísimo recuerdo. Cómo ella le despertó un día, las cosas tan raras que comía o la fiesta sorpresa que ella le preparó.
Héctor estaba seguro de que Cassandra  habitaba en el ático bajo la forma de un fantasma. Por eso, gastó todo el dinero del subsidio en aparatos de radiofrecuencia, con amplia visión de espectro y demás aparatos. Por las noches, andaba con la expresión espantada, de ojos abiertos. Esperaba atento a cualquier ruido anormal, a todo lo que cambiaba de sitio por fuerzas paranormales. Un día se me ocurrió cambiar un jarrón de sitio y casi le da un ataque.
Yo tenía que madrugar por las mañanas para ir a la clínica de nutrición. Tras tres noches de juerga, ruido por aquí, lamento desesperado de alma en pena por allá,  tuve que decirles que bajasen la voz de sus correrías. Una noche no pude más que felicitar a Cassandra por su increíble dramatización al manifestarse.  “Cielo, queda lasaña del mediodía en la nevera” le dije a Héctor bostezando. 
Sobre las seis volvía conmigo a la cama, matando mi última hora de sueño, sin piedad. A las siete sonaba mi despertador. Y con los ojos abiertos me incorporaba a apagarlo.  Una lástima que Cassandra no se personase para tirárselo a la cabeza…
Por el día dormía o estaba meditabundo. Deambulaba por la casa como ido. Si Cassandra tenía más ganas de fiesta, rápidamente armaba cualquier estruendo. Golpeaba las paredes, abría las ventanas de par en par, los grifos se abrían “solos”. Muy original, sí. Héctor corría al armario del salón a coger sus aparatos de buscar fantasmas con los ojos brillantes. “Seguro que no encuentra las llaves y se está volviendo loca, jajajajjajajajajjajj. Es tan despistada!” decía henchido de felicidad.
Llaman al timbre. Estoy de vacaciones. No se qué es peor, si trabajar o estar en casa.  Sorprendentemente, me he levantado de buen humor. Las doce. El cartero llama al timbre. Carta certificada. Lo oigo subir por las escaleras, intrigada. Se presenta ante mí con su uniforme amarillo. No se ha sofocado por subir andando hasta el ático. Es mi héroe de la semana. “Aquí está. Sí, tienes que firmar aquí”. Sonríe. Tiene cara de buena persona. Unos ojos grises muy  bonitos, sí. En fin, que firmo.
Un ruido de impacto se oye desde el interior del ático. La araña se ha caído. Gritos de dolor. Pero dolor de verdad, dolor de persona. ¡Ay Dios, Héctor!
La lámpara de las narices se le ha caído encima. La silla está en el suelo. El cartero entra conmigo al oír el escándalo. “¡Cassandra! Se va para siempre” dice lamentándose profundamente. Se sujeta el hombro, parece que le duele. Está hecho un Cristo, con la lámpara encima. Pero, está llorando como un niño por Cassandra. El cartero llama a la ambulancia. “Cinco minutos, dicen”. De repente, se me ilumina la cara en meses. Héctor cree oír algo en el pasillo. Se vuelve y se retuerce llamando a la nada, aún en el suelo.
“¡Héctor, allí está, se está escapando por la ventana!” le digo. Se revuelve hacia el otro lado, esperanzado.
“¿Vosotros no hacéis descanso para almorzar?” le digo al cartero. “Y así aprovechas y me miras el móvil, que lo tengo mal”.
“Qué le pasa?” me pregunta divertido.
“Que no tiene tu número”. Sonrío.


miércoles, 12 de junio de 2013

Villa Croisset

La inspiración se encuentra trabajando, pensó él. Estaba sentado en su escritorio. Los pantalones le apretaban, le entumecían. Estaba sudoroso, preso de una extraña euforia. Llevaba seis horas sentado en su escritorio, preso de su fiebre creadora. Sus ojos se movían de un lado a otro del papel, siguiendo la trayectoria del bolígrafo sobre el papel. Andaba garabateando con efervescencia furiosa, tratando de atrapar la inspiración. Era él, todo energía. Llevaba meses vacío. Su corriente de ideas tenía una importante fuga. A causa de esta, toda su creatividad se escapaba diariamente. Mediante un goteo incesante, se iba por el desagüe todo su genio. De noche, a veces podía oírlo. Era insufrible, como el titc- tac de un reloj. Un día, buscando en los recovecos de su mente vislumbró la llave de paso. Ávido de escritura, la cerró. De repente, todas sus ideas volvían a fluir por su cabeza. Danzaban furiosas, a toda velocidad. Se entrechocaban unas con otras provocando vaporosas corrientes que le salían por los oídos. Le salía humo de la cabeza, como el pelo afro después de una carrera salvaje.
Y todo esto lo había apagado ella. Marina se fue, dejando el hilo de sus pensamientos abierto. La corriente solo fluía por ella. El resquicio por donde se escapaban las goteras era tan ancho, que escaparon también sus inspiraciones. El torrente no tenía control.
Ella le había dicho algo las últimas semanas. Recuerda reproches, postreras caricias, reclamos, gritos, berrinches. Después, lágrimas resbalando sobre su nuca y abrazando su espalda. Por último, cree vivirlo de nuevo. Una corriente de aire procedente de la puerta de entrada. Podría haber cerrado la puerta. En vez de eso, se la llevó con ella. Le castigó la puerta y el pensamiento. Le condenó a un interior luminoso, de paredes blancas, que le cegaba los ojos. Pero también a la oscuridad de una mente vacía, esquemas rotos y esquinas donde esconderse.
Era como si su memoria hubiera estado borrada durante muchísimo tiempo. Cuando escribía, nada malo podía sucederle. Desde muy joven se había dado cuenta de que la vida era una mierda. La vida no era sino para dedicarse a perfeccionarla. La vida no era, sino para crear historias. Podía pasarse hasta dieciséis horas seguidas escribiendo, haciendo sudar tinta al papel. Se pasaba horas perfeccionando una simple frase. Dos recreando las posibilidades eufónicas de los siguientes versos. Su vida se iba en la escritura y le estaba consumiendo. Era tan feliz. No le importaba pasar durante días del aire, no le importaba asomar la cabeza por la ventana y ver un nuevo amanecer. Marina lo veía desaparecer cada día un poquito. Loco de amor por sus historias, se había vuelto sordo a sus reclamos.
Ahora volvía a estar enganchado, veía cómo el papel absorbía todo el sudor de sus manos, la humedad de su ser. El borrador lo abducía sin piedad, reclamando siempre unas líneas más. Su historia era insaciable y había cobrado casi vida propia. Sus miembros estaban engarrotados, tenía la tensión por los suelos y no paraba de temblar. Tenía frío. Parecía que se le fueran a salir los ojos, somo si sus ojeras fueran a ceder al peso de las cuencas. Quiso levantarse a beber, pero una fuerza lo retenía al escritorio. Sus piernas no le respondían. Tan solo sus muñecas permanecían activas y no paraban de chirriar como viejas bisagras. Presa del pánico, empezó a convulsionarse. Aterrorizado, con las mandíbulas reclamó su puerta. Con lágrimas en los ojos reclamó a Marina. Su piel estaba cetrina y seca y la muerte lo reclamaba. Pero en lo único que podía pensar es que no le habían llegado las fuerzas. Había sido débil. Su obra maestra quedaba encerrada en su alma, para siempre.


jueves, 21 de marzo de 2013

Valiente

Vienes corriendo a la estación. Tu casa está a escasos cuatro minutos y por supuesto, te has dormido. Has saltado de la cama. Has dado un bote superlativo que ha hecho temblar todas las capas de la tierra. Vas a la cocina, tragas el café y te acuerdas de que de algo te tienes que quejar. Bien, pasamos a "la toilette".
Descartas ponerte guapo, hacer como que domas tus rizos con cera de Deliplus (Shhh!). Metes la cara bajo el chorro de agua (fría, sino es como una leve caricia que no te deja ver el mundo cruel). Miras tu imagen en el espejo y te reconoces zombi, zombi y amarillo. Tu abuela te bombardearía ahora mismo.
La abu no puede comprender que te pasaste hasta las 3 AM hablando con la chiqui del mes. Bueno, hasta el fin de semana, tienes tiempo de recuperar esa cara de poeta. ¿Cuándo saltamos al circo, con los leones?. Eres Máximo Décimo Meridio y ellas lo saben.

Volviendo a la máquina infernal... son las seis de la mañana. Coges (consigues atrapar) el tren de las 7. 40. Echas una mirada al vagón, a ver si hay alguna belleza despeinada y ojerosa. Como no hay ninguna, te sientas solo en medio del vagón, a ver qué sucede. El amanecer se enciende rosado y piensas que hace mucho que estás estable. Que estás gris-marrón y no te molesta.
Una mujer sube en la tercera estación con un crío medio dormido en un carro. Siete estaciones después, el mismo niño empieza a berrear como si se fuera a acabar el mundo. Tus auriculares ya son bastante penosos como para encima competir con unas lágrimas de cocodrilo de proporciones falleras. "Esos pulmones debe haberlos parido el mismísimo Pavarotti".
Por si fuera poco, dos sujetas de 14 años muy mal llevados hacen acto de presencia. Su móvil dice que les des más gasolina. Ellas te miran, sabedoras de tus atenciones. El móvil entre las tetas, no sería un  mal resonador si la música no fuese una mierda. Cleopatras de medio pelo, no gustáis nada. El vagón entero las mira, esperando su extinción inminente. Llegamos a la estación siguiente y nada.
A la gasolina, el berreo infantil y el traqueteo del viejo cercanías se le suman mujeres mayores, de voz despiadada. Amas de casa, que se van de viaje a Madrid. "¡Todas a ver el Guggenheim!". Quieres bajarte ya. Pides que el día no se te haga muy largo.
Tu móvil tiembla de frío y sin batería. Tú porque te has dejado el cargador y el bocadillo. Te llevas la mano a  la chaqueta. Todo en su sitio. Bajas a las mil y una escaleras, de un tren a otro. Una chica aparece por detrás de ti y te aprieta el culo. OH, ambrosía de mi vida! Un poco de amor!! Gafas de pasta, os presento a vuestra nueva musa. Sigues mirando mientras su cola de caballo se aleja coqueta. Y te mira, con esos ojos negros de gata de La3, pirsin de aro RAEro', RAEro'. Se aleja. Deslizas la mano al bolsillo trasero antes de presentarle tus respetos a la máquina chequeadora del metro. Vacío, absoluto.
No ves ninguna coleta sensual. Tu ego castigado un mes más...

jueves, 28 de febrero de 2013

Un minuto más

Te has ido. No recuerdo por qué, pero te has ido. Recuerdo que hubo un tiempo en que las estaciones me fascinaban. Son el lugar donde se concentran uno de los cócteles más explosivos de emociones. Desde aquí puedo oír al nacional asiendo las esposas, preparado para interceptar viajeros sospechosos. Escucho un abrazo que colisiona de alegría, un encuentro furtivo en los baños. También unos tacones que chirrían de llevar horas de pie. Escucho una lágrima que no quieres que se escape.
Desde unos metros atrás del andén observo al monstruo que te lleva. Tiene los ojos grandes y brillantes y es enorme. Es más grande que yo. Me siento pequeño a su lado, me hallo impotente ante tu partida. Todas las tardes, recuerdo todas aquellas tardes que se nos hacían noches. Todos los bares y sus pizarras de menú. Hace un tiempo que te has ido y es de lo que más recuerdo. Las llamadas que me prometiste y que voy recibiendo a cuentagotas. Me acuerdo de que el monstruo en el que te fuiste salió a su hora, cual metro japonés frío y despiadado. Un minuto más...
Lo tenía todo planeado, no iba a ser fácil. Yo ando siempre de acá para allá, pero podíamos hacerlo. ¡Qué increíble robarle horas al reloj!. El teléfono es otro animal despiadado que filtra tu voz y la torna extraña. No se si estás rara, o triste o soy yo que te echo de menos y veo fantasmas por todas partes.
Un minuto más...
Necesito café. Estoy sentado en mi escritorio. Todo parece estar como siempre, pero miro los papeles y no me dicen nada. Bueno, parlotean, pero no puedo escucharlos. Necesito bajar a la tierra. Ya son las siete y nada...Llamarás de noche y tendremos poco que decirnos. Demasiados "te echo de menos" decir. Es frustrante. Solo espero que el monstruo que te llevó te haga volver. Sueño que te vas, sueño que no te encuentro aquí, sueño que te pierdo entre un millón de imágenes. No consigo verte...!
Suena un despertador.
Un minuto más...

domingo, 17 de febrero de 2013

Sábado

Emma la odiaba porque no lo entendía. Se alegraba de ver que su amor propio estaba restableciéndose de nuevo. Tras unos meses de receso, su amor propio era tan grande que prefería mostrarse fuerte cuando más débil estaba. Pretendía que Él lo adivinara, pero la mecánica masculina no es esa.
La cuestión es que la detestaba a Ella. Desde su liliputiense aspecto a sus ojos de perrito asustado. Desde su nariz informe hasta la irregularidad de sus dientes. Su carácter naíf y a la vez capaz de adorar lo extraño. Adoraba todo lo que era como Ella misma. La odiaba porque la tapaba a ella (si se ponía a su lado, la hacía chiquitita a sus ojos). Le era repulsiva porque Él adoraba todo eso también. La estridencia, las melodías que no son melodías, capaces de poner al cerebro humano en guardia y sobresaltarlo. Era la música que necesitaba el individuo para probar la realidad. Quería saber si de verdad estaba ahí. Podía experimentar con las calaveras, con el estruendo humano. Pero sobre todo, parecía que le fascinaba la expresión de la emoción humana más profunda. Lo más irrisorio, lo más macabro, lo más desgraciado. Emma no sabía por qué lo hacía. Solo sabía que Él aún pensaba en Ella. Y con tal de no descubrirse, corrió el telón a toda prisa. Dio por finalizado todo, los paseos, envolverse dentro de su cama y con Él. No quería admitirlo, al menos delante de Él. Que había terminado por perderse y ya no sabía dónde estaba. Y le echaba la culpa a Ella. Porque Emma debió cruzarse antes en su camino. Porque el tiempo les jugó una mala pasada. Y sobre todo, porque ella no estaba preparada para sentir de nuevo así. Pero recordó que hace unos años era una ostra, pero al menos era fuerte. Tenía todos los arrestos del mundo. Sabía quién era, solo que a lo largo de estos dos años había permitido que se le olvidara. Llevaba semanas esperando una señal, una señal de Él, que nunca había sido para Emma. Había sido una visión. Emma había atravesado corriendo el oasis para ver un espejismo.

lunes, 1 de octubre de 2012

De Gandía a Girona

Ahora estarás perdida, entre montañas perdidas y picudas. Estarás embebida de ese ambiente mágico, donde hace más frío, donde su lengua canta y gruñe al mismo tiempo. Hay  un lugar que te hace muy feliz, en el que puedes hacer muñecos de nieve y observar cuerpos abiertos en canal. Incluso palparlos un poco.
Te has rodeado de nuevo de las mejores compañías, con enorme ansia después de todo un verano. Después de una rutina caliente, pegajosa y poco estimulante. Los aceites nunca fueron santo de tu devoción y seguro que ahora no es lo mismo entrar en un supermercado. A mí también me pasa, pero con los bares.
Estoy muy contenta porque hayas encontrado tu sitio. Nunca has sido alguien conformista y te lo mereces. ¿Sabes? El año pasado creí encontrarte en la estación, con tu maleta de vaca coral y tu abrigo. También tenía tu andar apresurado. Ahí te añoraba, muchísimo. Más de lo que quiero admitir. Pero así es la vida. A veces te separa, pero otras te reúne y en circunstancias que no imaginarías. Sigo echándote de menos, eso no ha cambiado. Solo que ahora es por motivos diferentes. Quería contarte que ya encontré mi sitio, que ya voy viendo claro hacia dónde voy. Que por fin me siento bien y que me encantaría compartirlo contigo. Decirte que esto no es un relato, que ya se ha caído el telón.
Igual esto es lo más ridículo del mundo. Igual debería coger el teléfono otra vez. E ir detrás de ti, como antes. Igual no es sencillo añorar y tener orgullo al mismo tiempo. Puede ser que hace muchísimo que te eche    de menos y ya.
Igual no lees esto, pero me parecía una buena forma de reinnaugurar esto. Este trocito de mis pensamientos, que no se en qué florecerán más tarde. Pero ahora tengo otra forma de pensar y no es en una dirección, sino en varias y muy diversas. Espero hacerlo notar. Mientras espero ansiosa a Halloween, te escribo esto, que no es una carta, pero que contiene el mismo amor. Te mando un beso enorme:
Tu Lady V

jueves, 28 de junio de 2012

El resultado de los planes

Duele mirarse en un espejo. Unos años menos y parece que estuviese todo muy claro. Las aspiraciones, las ideologías, las creencias, las convicciones. Duele ver cómo ,a veces, la seguridad no se traduce en la edad. Duele ver, en resumen, cómo personas más jóvenes son capaces de decir  cosas tan graves. Y de herir...
Tener que dar explicaciones de lo que sucede en el alma es tan complicado...Es lacerante cuando descubres que nadie puede empatizar contigo como tú mismo. Y siempre estarás un poco solo.
Un edificio que se cae por su propio peso es como una armadura que se vence, oxidada. Piensas que ahora no es el momento adecuado para concebir según qué cosas. Que debes hacerte una armadura nueva.
Supongo que es mejor fijarse en que hoy el café tiene más espuma, que hoy el día está clarísimo y cada vez hace más calor. Te das cuenta de que en tu casa eres ahora más ligero y que te entran más ganas de  colgar cuadros. De pintarlos, incluso. De vaciar esa estantería polvorienta donde antes iban tus joyas y que pasaron a ocupar tus "informes académicos". Ahora alojarán libros de nuevo, y solo los mejores, y películas ( de todo tipo,  pero que Woody no falte). Cada vez rompes menos vasos y ya no impactas en choques frontales, o contra el suelo. Y tus rodillas tienen menos cicatrices. Cada vez eres capaz de levantar más peso, y llevar cinco o seis bebidas en una bandeja. Aunque el mundo tiene cada vez más caras, ya puedes ir viéndolas todas. Y cada vez lloras más, aunque no siempre es por algo malo. Ya no eres una ostra chillona. Y cada vez que te emocionas, el pecho se te abre.

miércoles, 20 de junio de 2012

Discusiones para dummies

Es...como un torrente de algo, cálido y opresivo que te invade el pecho. Exactamente en el pecho. Exactamente en el corazón.
Cada vez que hay conflicto, esa opresión se torna insoportable. Y la cabeza no para de dar vueltas y vueltas. Entonces la opresión se instala en el cráneo. En el interior. Es cálida también. Es como si el cerebro experimentase pequeñas explosiones aisladas, como insonorizadas. Pero es indoloro, al menos físicamente.
Después de un conflicto así, me pongo mal. me pongo delante del papel y...todo es superfluo. Miro las letras, una detrás de otra y es como si no tuvieran que estar ahí. No puedo más que ignorar las libretas y los bolígrafos, ¡Son ridículos!. No se qué hacer con ellos. me olvido de cómo se escribe, me tiembla el pulso. Miro a la pared, solo hay calendarios de colores y horarios...¡Y el puñetero gotelé!
Busco la pared, tratando de encontrar respuestas...pero es tan inútil como siempre. Porque una pared blanca no te dice nada, absolutamente nada. Miro a la ventana y mi pequeño jardín se desvanece. Y lo único que me queda es la luz del flexo, reflejada tras el cristal.

viernes, 20 de abril de 2012

Caleidoscopio

Me miras y con los ojos me dices que sí. te encontré una noche que habría podido ser común para cualquiera. Obviamente, según donde naces, hay noches que importan más que otras. Dejémoslo en que para mí fue extraña. Te me acercaste, decías que me conocías. En tu estado, conocerías a todo el mundo. Incluso a los que no saludas por la calle, estratégicamente, porque no te da la gana.
Me sonreíste, me fijé en tu pelo empapado y en que seguías allí. Llovía, y aun faltaban varios focos por sofocar. Me preocupé, te busqué, te encontré y me dijiste sí. Poco a poco, te me vas desgranando. Tanto como me entran ganas de aislarte del mundo. Tanto como me entran ganas de entrar sólo yo.
Hace calor en la ciudad, pero no como esa noche, ya se acerca el verano. La bici arde de estar todo el día al tueste. Estoy inquieto, no se. Creo que te lo he preguntado miles de veces y hace nada que te conozco. Se muy bien cómo acaban estas cosas. No preveo tu simpatía, no preveo las cosas que tenemos en común. No preveo que me entiendas, más de lo que yo me entiendo.
Brillas de forma extraña, algo me dice que esto no acabará bien. Tú desorientada, yo desilusionado. Mis expectativas morales acerca de las tuyas caerán en picado. Todo por haber dejado que me ilusionaras. Todo porque no sabes. Todo porque eres frágil, débil, te desestabilizas. Eres emocional, por más que quieras ocultarlo. Te cuelgas enseguida cuando ves un alma brillante y bondadosa. ¿El futuro? Ahora mismo es una mancha marrón que crees no entender muy bien. Yo ya lo se, y tengo unos años menos que tu. Ahora tu eres la Lolita. Ahora no quieres verme, no quieres verle a él, no quieres verte a ti misma. Porque te desgarra, porque no entiendes las vueltas que da el mundo. Porque te gustaría que te importase una mierda todo.

viernes, 9 de marzo de 2012

Doctoretas

"No sufráis, niñas..."
Much ado about nothing , W. Shakespeare

Hace una tarde soleada de verano. De esas que recalientan la piscina. Dos niñas han ido a caminar por la senda asfaltada al lado de los campos de naranjos. Todo el camino está bordeado por acequias donde las ranas se esconden. Una de las niñas se ha caído. ¡Siempre se cae!. Incluso cuando va despacio, parece que vaya a tropezar con sus propios pies. Y sus rodillas...¡Ay sus rodillas! Tienen más accidentes que un mapa de costas.
La niña llora desconsoladamente, pero hace menos ruido que su amiga cuando llora, que es una exagerada. Con el tiempo, para no dramatizar, la otra niña aprendió a no caerse. Era más bajita que su amiga, la pilla-liebres, pero más flaca y veloz. Siempre ganaba las carreras y sabía ir muy bien en bici¡Hasta con una mano!. En cambio, su amiga, casi su familia si se le metía entre ceja y ceja que era la princesa Yasmin, cuando jugaban, lo era. Siempre estaba fantaseando. Juntas mareaban al vecino de al lado. Juntas hacían pócimas. Machacaban toda suerte de flores y plantas del terreno y las recocían en el agua recalentada bajo un sol de justicia.
Juntas, les gustaba espatarrarse tumbadas en las dunas de la playa y ver pasar los escarabajos por encima de sus barriguitas. Les gustaba jugar hasta pringarse, hasta acabar exhaustas. El traje de los domingos no existía para ellas, que era cuando se juntaban. A medida que fueron creciendo pasaron de buscar "petorrets" para que chisporroteara la chimenea, a intercambiar la ropa de las Barbies, a "maquillarse" con barro : -¿Me queda bien?- preguntó la mayor. " JAJAJAJAJAJAJAJA" reía la pequeña.
Un día entraron en una recámara subterránea y casi diseccionan el esqueleto de un gato fosilizado con las manos. Las salvaron las de las infecciones las alergias de la pequeña, que no paraba de estornudar y finalmente, desistieron.
Cuando jugaban en la habitación, la pequeña se enfadaba, porque luego sus padres la obligaban a recoger todo a ella. Se querían, se peleaban, competían, jugaban, se corregían, sin parar. Era una suerte de bendita bipolaridad infantil.
A medida que crecieron, conservaron esa complicidad que tenían, aunque no sin esfuerzo. Su amistad creció por su natural rivalidad, siempre sana. Un día llegó a un punto de confianza absoluta. Fue el principio del fin. Hacerse mayores, vivir en la misma realidad con versiones diferentes de ella y casi siempre, enfrentadas

viernes, 2 de marzo de 2012

Gigante de barro

Se me cierran los ojos. Me dejo caer, la calefacción,¡Qué gloria!. Me escucho carraspear, no sin esfuerzo y pienso en el frío que hace. En que tengo los pies congelados. Cuando piso el tren, me los vuelvo a sentir. Y una paz me invade, serena, de melodía aterciopelada. A través del cristal veo mi reflejo encorvado tras años y años de mala postura. Pero es que estoy vencido; así me siento cuando subo al tren. Es como si cada vez que subo muriese un poquito. Me pesan los ojos, mis piernas acarrean dos kilos más de lo normal. De pronto, me empiezan a escocer las manos y pienso: "una hora y estaré cenando". Pero no me importa tanto cenar como dormir. La sombra bajo mis ojos me delata, también mis arrugas eternas. Pienso que tengo los hombros entumecidos de llevar mi guitarra a cuestas. Temo que se me vuelva a caer, pues ya no habrá otra...
Me paso la mano por la cabeza, tengo las manos chillando por los sabañones y el estómago hinchado de no probar nada. Dejé abandonado al perro para no comérmelo. Parezco terrible, pero amo los animales. Creo que son más dignos de estar en este mundo que las personas, en ocasiones.
Voy en el tren y pienso que me queda una hora. Una hora y ya estaré en casa. Que mi madre me ha puesto sopa caliente en la mesa y que queda pan de hoy. Si pienso en eso, igual tengo un buen despertar. En una hora...

El hombre salía de la estación por la puerta de entrada de los autobuses. Arrastraba su guitarra y se tambaleaba. Estaba sereno, pero consumido. Consumido por la fiebre, consumido por el frío, consumido por la lluvia y por la vida. El hombre que se esperaba siempre a Tavernes para empezar a tocar la misma canción. El hombre que cogía el tren de las 08.55 para ganarse el pan, se cayó. Se desplomó como un muñeco de nieve, como un gran espíritu. Como un gigante de barro.

viernes, 10 de febrero de 2012

La sombra de Tlatelolco es alargada

"PUEBLO, ABRE YA LOS OJOS"
Cartel en las protestas de 1968 en Tlatelolco, México




Una sombra acecha. Esa vieja sombra que todos conocemos. Está ahí, siempre. A lo largo de los años pretende disfrazarse bajo múltiples apariencias. Es un parásito fuerte, cual garrapata tenaz ávida de sangre. Es uno de los animales más antiguos del mundo. Es uno de los sabores más amargos y metálicos, un olor de huevos podridos. Su color se parece al del cielo cuando va a llover; tiene el sonido del trueno. La codicia.
Se ha instaurado en grupos, sociedades, comunidades, empresas y provincias, aunque parece que le guste el mar. Parece que le gusta la playa, las palmeras (con su picudo rojo), parece que le gusta la fiesta, los casinos, los buenos trajes y Louis Vuitton. Le gustan los acontecimientos deportivos como la hípica, la vela, el tennis, la fórmula uno y ,cómo no, el golf. Le gustan las ciudades bonitas, con buenos y llamativos puentes, con Ciudades de las Artes y las Ciencias, sin barrios del Cabanyal que desentonen a la vista. Es muy devota, al Papa lo que es del Papa y a la Comunitat que le jodan.
Luego está lo que sobra... los institutos sin luz, ni calefacción, ni agua corriente, ni papel del váter, ni folios. No hablemos de becas, porque futuras no creo que otorgue muchas. Las ayudas inexistentes a la dependencia y un millar de feos y agujeros por tapar. Esas deficiencias que nos recuerdan  que no somos ricos, que no vamos al tennis ni nos vamos de mariscada los domingos, que nos pagamos la ropa que nos ponemos y que "lo normal (no) es un Vuitton". Ese moreno de bote que nos hace tanto daño a la vista, esos halagos vacíos que no dicen nada. Que Valencia está bonita a costa de nuestra educación, nuestra sanidad, nuestros servicios públicos. Que hacen lo que quieren con los que la votan y con los que no , también. Quitáos la venda de los ojos, porque no os representan. Que huele a gaviota, a gaviota podrida

jueves, 2 de febrero de 2012

Legañas

6.15 de la mañana. A currar. Ni se abriga, pasa demasiado calor en el tren y hasta el trabajo son dos minutos andando. Pero tiene frío en la cabeza, que ya empieza a clarear. Tendrá veinticinco  o veintiséis años y lleva cuatro trabajando en el mismo sitio. No quiso estudiar, no se veía capaz de ello. Cuando llegó el nano ya no tuvo que plantearse más cosas, era padre. Llevaba cuatro años yendo de casa al trabajo y viceversa. Los fines de semana al fútbol, con los amigos y los domingos, torrá. 
Una mañana de 2011 vio a un grupo de chicas sentadas y hablando, riendo y disipando el sueño. Universitarias. Venían de Gandía, de Xeraco o Tavernes. Bromeaban sobre los profesores, el fin de semana. Al entrar una de ellas se giró y lo ignoró completamente. No era raro ver a chicos jóvenes a las seis. Mucha gente iba a estudiar, pero mucha más a trabajar. Para cuando llegaba el tren a Cullera, en ocasiones, ya iba lleno.
Tren viejo, lleno de baches y traqueteos. Tren que hablaba, como los demás, pero a trompicones : "R-dalía ksxksxEstinació: València Stació del Nordksxksxksx" . Odiaba que el tren fuese lleno, pero era lo único que conocía por las mañanas. Tenía que ir con las piernas cohibidas debido al pasajero del asiento de delante. Eran unos asientos muy estrechos. Solo conocía la sensación de estar a sus anchas a la vuelta, en el tren de las dos. 
Una mañana que le tocó sentarse donde las universitarias, se puso los auriculares y se dispuso a ignorar su conversación. Sin embargo, le fue imposible. La música era incapaz de borrar las risas de las chicas. Vencido, se puso a escuchar lo que decían. 
Pero un día le tocó sentarse enfrente de una de ellas, que iba sola. La chica ya sabía quién era. Lo había visto antes. No sabía dónde mirar, si hacia las luces que asomaban tras el cristal, enfrente, a los lados, donde las abuelas también estaban cotilleando... de vez en cuando intercambiaban alguna mirada fugaz .Él también se había puesto en guardia al ver su actitud. Era solo una cría que lo inquietaba, con su forma de moverse continuamente, el reposo inestable de sus piernas, su continuo acomodo, sus miradas esquivas.
 Le ponía nerviosa, su simplicidad con los auriculares, su bolsa del Corte Inglés minúscula y archiusada y su manía de ponérsela entre las piernas, sus pantalones de chándal, sus deportivas "vintage" con muelles. Cohibida, no sabía dónde meterse. Ya no tenía el respaldo de las amigas que la hacían sentirse tan segura. Él también se había puesto en guardia al ver su actitud.  Así que un día de los muchos que se encontraron se decidió a leer, escuchar música o aparentar normalidad serena, como una gran balsa de aceite. Todo fue en vano, se fue al segundo vagón.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Cuando empecé a vivir

Frío, eso es lo que recuerdo. Un pub de Benimaclet, nuestros amigos, unos italianos y una griega. El Glop, lugar de reivindicaciones intensas. Olor de mistela, olor que rechazo. Mi pelo llamea, como el fuego venido a menos. Ser onda, oficio es de mi pelo que concuerda en armonía con un abrigo verde. Volvemos afuera, los italianos y la griega quieren irse a casa ya. ¡Pero si es jueves!. "Pues nada, nos vamos a ver a mi chico", me dice mi amiga. Y en efecto, vamos a Tarongers. Más frío.¿ Dios, es que nadie tiene un piti?.
Nos encontramos por fin, cruzo dos frases con un chico, ¡Qué mona! No sé lo que sucederá después...
-Entonces...aunque mire a una tía, no significa que quiera follármela. Y tampoco pasa nada si lo hago...
-¡Claro que no!-contesto relajada. Es un chico muy majo.
Un chico borracho, al fondo, me pregunta si conozco una isla que se llama Jamaica...

Al día siguiente, ese chico me habla de lo mucho que gesticulo, me cuenta que ha hecho algo de teatro y me recita a Cernuda. Yo ya tengo la mosca detrás de la oreja...
Semana siguiente, ¡Quién tiene ganas de ir a clase? Estamos en Valencia y existe ese gran invento. Los quintos y casualmente están al lado de la facultad. ¿Nos quedamos a ver el futbol? Va... y nos quedamos guardando sitio hasta la hora del partido. Alguien hace una llamada telefónica y ya está todo arreglado." ¡Van a venir!" me dice mi amiga, que el jueves pasado se coronó.¿ Y qué le voy a hacer?. No tengo ganas de irme.   Más tarde aparecen, él se sienta al lado de otra amiga. Mis pintas de paisana no creo que compitan con su exuberancia. Adiós atención. Victoria culé, primera manita del 2010. 
Salimos del bar, yendo todos juntos para casa. Él y yo nos distanciamos, hablamos, comentamos, reímos. Me desvío hacia mi calle, demasiado pronto para mi gusto.
Al día siguiente, mi amiga me insta para que lo llame y hagamos una cena en su casa. A regañadientes, acabo llamándole : -Me pillas ahora mismo en Mercadona.
-Pues que sean hamburguesas- contesto yo.
Balcón de casa de mi amiga, a duras penas me acabo la hamburguesa. Y digo la hamburguesa, porque no me entra el pan. Él fuma, despacio, mientras me habla. ·"Es como si los tíos tuvieran que ser unos cabrones para conseguir lo que queremos". Tú te cagas en los cabrones que has conocido hace nada. Frío, otra vez, vas a por la chaqueta para seguir ahí. 
Luego en su casa, todos allí de nuevo. Vosotros en la cocina. Un café de tres horas y ya eres suya. Ibas con ventaja, sabías que le gustabas. Pero querías ver cómo actúa. Coge la guitarra, ¡Te hace cantar! . 
¿El resto? 
Acabó. Como todo lo que quema.

martes, 15 de noviembre de 2011

La vida de otros

"La sangre se agolpa. Primero mis mejillas, vestigios de infantil vergüenza han dejado paso a la rabia. Pura rabia, pura frustración. ¿Qué demonios pasa? . Leo esas palabras, certeras, efectivas. Y la música...ay la música!! Da en el clavo. Vuelvo de nuevo a mi cuerpo, me caigo bruscamente. ¿Por qué? . Y vuelven a estar ahí, la pared, el trozo de cristal y el de madera, torturándome con su simple existencia. Pero no, esta vez no ha sido cosa del capo, no...Veo que su rostro es bello, que su ingenio lo es todo. "


Después del trabajo, pasa por mercadona y sale de allí cargada. Con "su bolsa de la compra". Se la cuelga al hombro de las asas más largas, así soporta mejor el peso, dice. Sus músculos están magullados de pasar ocho horas sin parar de limpiar. Cuando llega a casa, su hija solo la importuna con sus cuitas del día, simples, vanas. No se da cuenta de que llega de trabajar y no se va a sentar aún. Que lleva todo el santo día haciendo faena y de pie. Sin quejas empieza a preparar la cena, mientras ponen la mesa. Durante la cena, su marido la importuna "¿Por qué no está el aceite en la mesa?, ¿Por qué no está el pan?, ¿Y la fruta?". Pero no acaba ahí, luego la increpa por no llevar la cuenta de los medicamentos para la alergia de su hijo pequeño. Sí, el mismo que ve todos los días tranquilamente las noticias. "Es que lo que yo hago, tú lo estropeas".
Después de cenar, el padre se va, deja su plato en la mesa tranquilamente y se sienta en el sofá a ver las noticias. Un poco más tarde, se va a conectar la televisión a casa de su madre.
El niño le quiere contar a su madre lo que ha hecho en el instituto, y hoy está especialmente efusivo y cariñoso. Su madre no está para aguantarlo. Su madre solo se quiere sentar y descansar las piernas, porque le duelen tanto que no puede dormir. Se levanta todos los días a las seis, con su hija, la acompaña todos los días al tren. Y cuando deja a su hija, empieza la jornada de su niño pequeño, lo despierta a las siete, lo alista y lo acompaña al autobús que le lleva al instituto. El fin de semana. Es un caos. El sábado le sale el dolor de espalda de toda la semana. Por la mañana no para, compras arriba, compras abajo y la faena de casa. El domingo. Ah! Hace faena, pero más relajada. No tiene que correr, no se va a ningún sitio. Plancha con música, a la luz de un flexo adosado a la pared. Pero durante la cena :"¿Pizza para cenar? Cómo cuidas la alimentación de tus hijos..."

viernes, 11 de noviembre de 2011

Resultado de la represión


“Podrías ser esa parte que no conocen de mí. Podrías ser mi espejo imperfecto. O esa luz que se filtra por mi ventana cuando me despierto.  Podrías ser mi parte alegre, podrías ser mi esperanza. Podrías ser la parte de mi reflejo, que tanto me asusta.  Podrías ser la energía que se agota cuando llego a casa. Podrías ser esa fuerza que hace que un cercanías me transporte de un sitio a otro. Podrías ser esa estrella que está ,siempre,  al lado de la luna.”

El general estaba recibiendo instrucciones. Instrucciones de más arriba. La plaza de momento estaba tranquila. Los sanfermines aún no habían llegado. Tenía miedo. Miedo y rabia. Todos estos años en el poder no le habían servido para nada. Pensaba que había criado a un rebaño de borregos. Borregos subnormales. El que mandaba allí era él y no había pitote más grande que el suyo. Tras años guiándolos por ingente sumisión no estaba dispuesto a aceptar que un par de muertos de hambre con tenedores por espadas le quitasen su misión vitalicia.No me da la gana. Me escapo. Mi ejército está controlando que los rebeldes no entren en la fortaleza. En nuestro país estamos en medio de una revuelta y  los agentes de la ley nos toca contenerlos. Se lanzan a la calle furiosamente. Allí ya hay peleas . Allí la gente ya está derramando sangre.  ¿Por qué tratáis de borrarnos de la faz de la tierra?.¿Por qué una masa informe trata de imponer su superioridad?. ¿Por qué tratan de decidir ellos, desordenadamente el futuro del mundo?.  Los agentes están repartiendo estopa contra la muchedumbre. Pronto habrá una nube verde en el aire que no os dejará respirar. Os ahogaréis como en una erupción.  Tratan de llegar al palacio de justicia. ¿A qué mierda de rey se le ocurriría ponerlo en medio de una plaza pública y no “en la más alta de la más alta torre”, una montañita hubiese ayudado, no crees? Han quemado contenedores de basura, han tirado farolas abajo. ¡Que las pagáis vosotros, imbéciles!. Nosotros solo tenemos el deber de llevar bigote, y mandar, y ordenar. Pero sobre todo, si nos pegamos, hemos de tener cuidado de llevar limpio el traje. ¡Maldita escoria! ¡Malditos cabrones! Piensan que ponerse a cuidar de un huerto y repartirlo entre todos es la mejor solución contra el materialismo. ¿Educación? ¿Para qué demonios queréis educación si acabaréis yendo al fútbol, si acabaréis viendo a personajes decrépitos y esperpénticos por la tele. Elegir la educación y los derechos que queráis…, estáis locos….

martes, 1 de noviembre de 2011

¿Cómo le pides de salir a una chica con la que no irías en el patio?

" El hecho de escribir sobre mí mismo en primera persona me había obligado a contenerme, haciéndome invisible, impidiéndome encontrar lo que andaba buscando. Me hacía falta distanciarme, dar un paso atrás y crear un espacio entre mí mismo y el tema (que no era sino mi propia persona), así que volví al principio de la Segunda Parte y empecé a escribirla en tercera persona. "Yo"se convirtió en "Él".   Paul Auster, Invisible



El niño volvió a entrar en su habitación. Las paredes seguían con el gotelé y el mismo tono blanco horroroso de hacía años. El niño empezó a hablarle otra vez. Ella solo sabía que se había tomado un café, que tenía que acabar ya un resumen y que el niño no se callaba. No quería ser desagradable con él, pero es que se estaba tornando harto-cansino. <<¿Qué pretendes?>> pensó <<Sólo tiene trece años>>. Se reprendió mentalmente por no escuchar o no querer hacerlo. El chico estaba creciendo y necesitaba más referencia familiar que la de su padre y su madre.
Él hablaba, y ella trataba de contestarle. Había dado ya por vencido el plazo de resumir el libro por aquella mañana. La miraba de forma siempre interrogante por debajo de aquellas pecas, las gafas y aquel bigotillo incipiente que tenía por encima de su labio superior. ¡Qué inocencia, dios mío!, pensaba ella.
-Tata.
-Dime- le contestó por enésima vez.
-¿Crees que tengo edad para quedar con mis amigos?- le preguntó
Ella recordaba que a su edad era cuando empezó a quedar, pero por las tardes, sin exagerar. No quedaban en el wok para cenar. Aún no le habían dado las llaves, pero su madre hizo para que tuviese móvil.
Ella solo sabía que no quería enfrentarlo con sus padres y que al final, él tendría que ceder a lo que éstos dijeran.
-Pero, tata...-replicó él- mis amigos no fuman, no beben, no se drogan...
Otras veces simplemente se trataba de chicas. Nadie le pedía de salir a esa niña tan mona de su clase, en cambio se dejaba manosear por todos con esa sonrisa tonta de "quieren manosearme". El niño estaba convencido de pedirle salir a esa otra que antes le gustaba a su amigo. Estaba convencido de que tenía que intentarlo. Eso por una parte, le llenó de orgullo. Quería arriesgarse, igual conseguía su propósito. Pero por otra, le recordaba que a ella nunca le había salido bien. Ella también había ido a por lo que quería en un pasado, y le había salido mal. <<Pero él es un chico>>, pensó. ¡Qué mal! A las chicas independientes y seguras de sus posibilidades, la fortuna se les revertía, en cambio , pocos chicos que habían ido a pedirles de salir a las que les gustaban, habían obtenido calabazas.
-Quiero pedirle de salir a Valeria.
-¿Sabes si le gustas?- le preguntó extrañada.
-No, por eso le pregunto- replicó convencido.
-¿ Y no deberías asegurarte antes?- insistió ella.
-¿ Y cómo me aseguro?- preguntó interesado.
- Acercándote a ella. ¿Sabes quiénes son sus amigas?
-Sí, Andrea y Paula.
-¿No vas con chicas en tu grupo?
-No- le dijo extrañado.
-¿ Irías con chicas?
-No.
-Entonces, ¿Cómo le pides de salir a una chica con la que no irías en el patio?

jueves, 27 de octubre de 2011